-No hay salida. O tal vez la haya. De cualquier modo estoy demasiado hundido como para verla-. -Asco de tarde-. Allí seguía después de que ella se girara de golpe y le dejara solo, sentado en aquel carcomido banco de madera en medio de una lluvia gélida. Recordaba perfectamente esa sensación. Sentía cada gota como minúsculos puñales que se le clavaban por todo el cuerpo. Pero aun así eso no era lo peor. Lo peor es que se había quedado inmensamente solo, apenas se tenía a sí mismo.
Las cosas no iban bien desde hacia tiempo. Él lo sabía. De hecho podía llegar a intuir que algo así pudiera pasar. Pero no quería verlo. Cerraba los ojos y negaba una situación que era más que evidente. No sabía exactamente porque comenzó el distanciamiento. Simplemente ocurrió. Al principio se entendían como si se conocieran de toda la vida. Con solo una mirada ya se lo decían todo, incluso el mismo día que les presentaron. Recordaba la complicidad con la que se trataron ya desde entonces. Las bromas de él y las sonrisas de ella. ¡Qué sonrisa! Una sonrisa que alegraba su corazón.
Pronto empezaron a salir, y hasta entonces. Tal vez fue la monotonía. Tal vez se les agotó la chispa. O, como decía una canción, tal vez se les rompió el amor de tanto usarlo. –Quien sabe, ya da igual. Todo se ha perdido-. Con el paso del tiempo se agotó su sonrisa. Se agrió su dulce voz. Se apagó esa mirada color miel que le iluminaba el día. Y él, por mucho que no lo reconociera, sentía quebrarse bajo sus pies todo el firme pavimento sobre el que su existencia se sustentaba.
Cuando le dijo que tenían que hablar fue cuando se temió lo peor. Cuando al fin vio la realidad. Fue entonces, cuando puso rumbo al lugar de la cita, cuando adoptó la actitud serena y resignada del reo que camina hacia el patíbulo. Las lágrimas silenciosas corrían a casi el mismo ritmo al que los pitillos se agotaban en sus manos.
Finalmente le dejó. Con unas pocas palabras le destrozó el corazón. Pensaba y reflexionaba. Cómo podía haber cambiado tanto su vida por aquella chica. Nada era igual y todo era distinto. A partir de ahora se vería sumido en una incertidumbre vital. Hacía dónde orientaría su vida. Lo que él sentía por ella era un amor que le abrasaba el alma. Un amor exaltado, un amor digno del más estereotipado romanticismo. Nunca había amado a nadie como ella, y probablemente nunca volviera a amar a nadie así.
Se quedó ahí solo, sentado, mucho rato. La lluvia le empapaba, pero le daba igual. No se sentía con fuerzas para levantarse. Siguió allí, solo, pensando en todo lo que había tenido y en todo lo que ahora no tiene. En que iba a hacer a partir de entonces. Solo le consolaba seguir pensando en ella, en su mirada, en su sonrisa, en la suavidad de su cabello, en la ternura de sus besos.
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